Se ha dicho a letra muerta desde pasados siglos que la santa cena es el pan y el vino de la eucaristía. Mas saben los sabios del hermetismo, que la santa cena es el rito síntesis y sagrado de la Religión de todos los tiempos, la religión del Cristo. Cuando observamos la fantástica obra maestra de Leonardo D´Vinci, se aprecia todo un sincretismo de símbolos e espiritualidad que nos trasladan a un mundo de misterios y alta liturgia, de inconfundible teúrgia sagrada.
Nada en esa Obra Magistral es capricho y exclusivamente la podía concebir un iniciado con tanta exactitud, cada gesto, movimiento, actor, nos revelan algo a la consciencia, no muestran una clave.
En el centro de la obra el Rabí de Galilea, junto a su más fiel apóstol y compañera, la archí conocida y vilipendiada por los ignorantes la magdalena, para castrar al Gran Maestro Jesús. Ella se mantuvo tras el velo del drama por siglos, hasta que la humanidad atuviese preparada como hoy para conocer el misterio del Santo Grial. La mujer, El Amor. Tal como lo habían predestinado las profecías que se iba a develar, la Heroína perfecta que redimió el Cristo a través del Amor.
El Cristo con su mano izquierda recibiendo el vino y con su diestra entregando el pan del más guardado secreto del cristianismo hacia la humanidad, el conocimiento que lleva al hombre a cristificarse.
El rojo hace gala en las túnicas de los presentes, el azul, verde, amarillo, los colores primos del espectro del arcoíris, de la alquimia, manifestados en todas las artes, llenas de puro esplendor, la seriedad de la escena, junto a las túnicas dan un aire de excelso ceremonial, y en el fondo ver el arco del triunfo, que se impone por encima de la cabeza del Maestro como muestra y símbolo de la victoria, entre éste la vía seca que conduce a la liberación final que es El Cristo.
A un lado por la ventana derecha la vía húmeda llena de dicha y felicidad que conduce al Castillo del Ser.
Ambos caminos son de orden sagrado, pero sólo uno conduce al Padre que está en los cielos. El camino del sacrificio, el camino del Cristo. En ese salón de excelsa justicia cósmica, donde se desarrolla el magno evento de la santa cena, con sublime quietud nos arroba la consciencia, llamando al espectador a que entre a ver y escuchar lo que de labios a oídos el Divino Rabí expresa a sus discípulos.
Todos nos indica algo en esa obra, nada es casual, los pies desnudo, que indican el largo camino, que limpio y puro a conquistado el adepto, todo allí es un símbolo una clave, una enseñanza hermética, un oráculo entrañable y misterioso que nos revela el mas sencillo misterio, guardado por siglos, que es el Amor, el mandamiento mayor para lograr el adeptado, la maestría que envuelve al Cristo, conocida en el gnosticismo como la autorrealización intima del Ser.
Se debe decir que la Santa Cena es un pentagrama esotérico perfecto, reúne todos los aspectos del Santo Nombre de Jehová, el aspecto masculino y femenino en sí mismo.
Todo el Drama Cristico esta sintetizado en esa magna obra, el mantel blanco de forma impecable, puesto en la mesa, con un brusco desliz del vino puro vertido en la superficie, indicándonos a judas, demonio de la traición al Cristo que llevamos dentro. El nerviosismo interpretado por este actor, llamado judas, en el Drama Cristico, con el pago de las 30 monedas de plata que lleva en su mano diestra, en el ala derecha del Mesías intenta persuadir a la Reina de la Obra, mas esta silente la consuela el Amor, la comprensión de que todo lo que debía suceder ya está escrito. Un cuchillo que pareciera el único de la mesa en posición de espada amenazante y alerta a la conciencia, en la escena, sin saber de dónde viene, quien lo porta, aparece enfrente de los que pretendan conspirar contra el Cristo.
Todo un genio del Arte Regio es el artista, al pintar esta obra que toma vida y habla por sí sola a la consciencia de los que la ven. Dentro en la habitación hay una Atmosfera mística, que lo envuelve todo, revelándonos que la estancia de aquella inmortal escena de la última cena se desarrolla en otra dimensión superior al mundo denso del que la especta. Miradas de asombro ante la inminente presencia del Héroe triunfante, ante todas las pruebas que debía pasar, preguntándose aun es ÉL CRISTO.
El cordero en la mesa, símbolo de redención, de sacrificio en todos los tiempos y el vino de Canaán, esa agua que fue trasmutada en vino por el mismo Kabir, simboliza la trasmutación de la santa eucaristía, la única acción capaz de redimir al Hombre. La ley del tres y la ley del siete hacen presencia en todo el desarrollo de la composición de la obra, es toda una fiesta aquel evento, como regalo por la larga lucha hacia los defectos psicológicos que tuvo que batallar el Cristo redentor contra los espectadores o moradores del mundo.
Aun no comienza a comer, porque esperan a que lleguen más invitados, quizás un espectador, un curioso, o mejor un peregrino con hambre y sed del conocimiento que conduce la libración total, o incluso muy probablemente otro adepto de la Orden de Salem de Melquisedec.
¿Pero qué es todo aquello? Es una invitación a vivir la senda que el mismo Cristo mostro a los humanos en cada uno de sus actos, es tomar la firme decisión de ser parte del adeptado de la orden del Cristo y poder vivir y morir en ÉL, todos los frutos de tan sacrificado sendero.
Obra perfecta ésta, sus ángulos matemáticamente expuestos, indudablemente el Artista tuvo que haber estado allí, indisoluto, para poder recrear, descubrir el velo del misterio de la santa cena, del rito eucarístico. La reunión de los muertos en la carne y vivos en el Espíritud, maestros Resurrectos, definitivamente los doce apóstoles y el Cristo forma el número cabalístico trece que nos indican la muerte de los defectos psicológicos de todos aquellos que decidan caminar el sendero del Cristo.
ALBERT
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